Es probable
que el término "trabajo decente" nos resulte familiar, tanto como
otros cuyo origen desconocemos. Peor aún, si nos ponemos a reflexionar sobre el
término en sí, se nos hace esquivo determinar: ¿qué es el trabajo decente?
¿Dónde estarían sus límites o fronteras objetivas? ¿Qué principio lo rige: el
salario o las condiciones ambientales donde se realiza?
Una de las
soluciones a esta ambigüedad podría encontrarse en un rastreo histórico
minucioso. Tomando esto en cuenta, podemos rastrear la definición de
"trabajo decente" en un tiempo tan lejano como 1919, específicamente
en el Tratado de Versalles; sí, en el mismo que impuso créditos de guerra a los
perdedores de la Primera Guerra Mundial. Y puede que suene a ironía histórica,
pero allí se declara:
"Considerando
que existen condiciones de trabajo que implican para gran número de personas la
injusticia, la miseria y las privaciones, lo que origina un descontento tan
grande, que la paz y la armonía universales están en peligro, y considerando que
es urgente mejorar estas condiciones; por ejemplo, en lo que se refiere a la
reglamentación de las horas de trabajo, fijación de la duración máxima de la
jornada y de la semana de trabajo, contratación de la mano de obra, lucha
contra el desempleo, garantía de un salario que asegure condiciones de
existencia convenientes, protección del trabajador contra las enfermedades
generales o profesionales y los accidentes de trabajo, protección de los niños,
de los adolescentes y de las mujeres, pensiones de vejez y de invalidez,
defensa de los intereses de los trabajadores ocupados en el extranjero,
reconocimiento del principio de la libertad sindical, organización de la
enseñanza profesional y técnica y otras medidas análogas;" (Tratado de
Versalles, 1919, Parte XIII, Sección I).
Digo ironía
porque de nada sirvió esa aparente conciencia de los dirigentes mundiales para
preservar la paz. No obstante, en estas líneas y en todo el subsiguiente
tratado, podemos rastrear un interés genuino por definir condiciones de trabajo
"decentes".
En 1917
estallaba la Revolución Rusa, que derrocó al Zar y a una de las pocas
autocracias que quedaban en Europa. A diferencia de los caminos tomados por los
países de Europa Occidental, en Rusia se proclamaba la República de los Soviets
y con ella la idea de una tierra gobernada por trabajadores. Esto debió poner
en alerta a buena parte de las naciones beligerantes, especialmente porque, una
vez terminada la guerra, muchos obreros y campesinos tendrían que dejar el
fusil y volver a las jornadas laborales de siempre.
Mucha agua ha
corrido bajo el puente desde aquel entonces: la proliferación y legalización de
los sindicatos como herramientas representativas de los intereses de los
trabajadores, revoluciones, revueltas, protestas, crisis económicas, la caída
de la URSS (la otrora república de los trabajadores convertida en la república
de los burócratas), etc. Para llegar a una definición con parámetros más o
menos claros, tenemos que avanzar hasta 1999, registrada por la OIT
(Organización Internacional del Trabajo):
"La
oportunidad de acceder a un trabajo productivo que genere un ingreso justo,
seguridad en el lugar de trabajo y protección social para las familias, mejores
perspectivas de desarrollo personal e integración a la sociedad, libertad para
que los individuos expresen sus preocupaciones, se organicen y participen en
las decisiones que afectan sus vidas, y la igualdad de oportunidades y trato
para todos, mujeres y hombres". (Somavía, J., Trabajo Decente, Memoria del
Director General a la 87ª Conferencia Internacional del Trabajo, OIT, 1999).
Aun así, si me
lo preguntan, no deja de ser vago y ambiguo. Lo cierto es que, así como a la
emergencia de la paz tras la Primera Guerra Mundial surgió ese apartado en el
Tratado de Versalles, de la misma manera, ante la emergencia de la
globalización, la exportación de capitales al sudeste asiático y los nuevos
mercados que se abrían con la caída del Muro de Berlín, surgió la necesidad de
reactualizar los problemas sobre el trabajo y sus condiciones.

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